Como cuando mandas un voicenote a la persona equivocada.

Dicen que los chismes más buenos no se cuentan… se susurran. Y así fue como llegó este.

Confesiones que no deberia estar contando

Este mensaje nos llego a nuestro portal conectavenus de manera de parte de ella, Llamemosla “Mariana.” (nombre ficticio)

Hola, chic@s de #conectavenus.
No sé si esto debería contarlo, pero me animé porque vi que tienen un espacio para relatos anónimos… y necesito sacarlo de mi sistema antes de que me dé un ataque.

Todo empezó hace un mes.
Trabajo en una agencia y hay un chico el cual llamaremos —Samuel—que siempre me ha parecido lindo… pero ya saben, “lindo” de esos que una mira dos segundos de más, aunque jure que “no pasa nada”. Él siempre ha sido amable conmigo, pero nunca imaginé que el universo me fuera a poner en semejante situación.

Resulta que yo tengo una amiga con la que comparto absolutamente todo todo, incluso esos detalles de mis noches de insomnio y calorcito involuntario. Ella es la única que sabe que últimamente he tenido sueños raros… sueños que empiezan con estrés y terminan en un nivel de electricidad corporal que no puedo explicar sin ponerme roja.

Bueno…
Una mañana, recién despierta, estaba contándole un sueño a mi amiga por audio: que había soñado con alguien del trabajo (sí… Samuel), que me desperté prendida, que su voz se me quedó en el cuerpo, que todo me confundió más de lo que debía… cosas que solo se cuentan medio en broma, medio en confesión.

Todo iba bien hasta que, cuando terminé de hablar, vi el horror:

Lo había mandado a Samuel.
A. Samuel
!!!!!!

El alma se me cayó al piso.
Sentí todas mis vidas pasadas juzgándome al mismo tiempo.

Me quedé viendo la pantalla como si pudiera retroceder el tiempo con la mirada.
No lo abría.
No lo borraba.
No reaccionaba.
Solo ahí… tres minutos de tortura emocional.

Al final, me llegó su mensaje:

“Mariana… ¿este audio era para mí?”

Me quedé tiesa.
Quise correr.
Quise mudarme de país.
Quise convertirme en molécula y evaporarme.

Solo pude responderle:

“Creo que sí…”

Lo peor es que no era mentira.
Una parte de mí sí quería que lo escuchara.

Pasaron unos minutos eternos hasta que él escribió:

“No sabía que pensabas en mí así.”

Y luego, después de otros segundos que sentí como siglos:

“La verdad… me gustó escucharlo.”

Desde entonces, no ha pasado “nada” oficialmente.
Pero las miradas cambiaron.
Las risas cambiaron.
Las distancias también.
Hay un hilo invisible entre los dos, suave, vibrante, como cuando traes un secreto en la piel.

No sé en qué va a terminar.
No sé si debería seguir contándoles.
Pero por ahora… necesitaba sacarlo.

Gracias por leerme.
Y por no juzgarme (mucho).

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